El contenido del blog que se ha subido hasta el momento y los nuevos textos que ya no he publicado aquí, ahora se encuentran en www.asyncronnia.wordpress.com




Pero, ¿no te cansas? Tiene que ser agotador seguirme a todas partes. No puedes imaginarte lo cansado que estoy de decirte que te largues. Deja de meterte en mis sueños, ¡cotilla! De retenerme despierto a altas horas de la noche. Y de aparecer en canciones cutres de radio, de hablar a través de las fotos de la pared y de salir en los días del calendario.

Que los cafés con hielo y dos bolas de vainilla eran mejores antes de que tú llegases. Pero no. Me vacilas, y lo sabes. A veces parece que te vas a ir pero al final nunca acabas marchándote.

Intenté matarte, ¿sabes? Lo intenté, de veras. Pero por alguna extraña razón no lo consigo. Es frustrante. Aún tengo esa costumbre de cruzar la esquina y estar convencido de verte esperándome en aquel banco como antes. ¿Por qué te empeñas en quedarte?

Yo ya no sé si llamarme loco, o cuerdo, o paranoico, o simplemente llamarme. Sólo quiero que te vayas. Han pasado ya ocho meses y yo todavía sigo viviendo aquel noviembre. Una y otra vez. Por favor, vete. Hace frío, y aún pienso que eres tú sin avisar que viene a recorrer mi espalda con las yemas de tus dedos, pero al final sólo son delirios. Que te vayas. Hasta el reloj me lo dice. Siempre que miro, siempre son las cuatro y siete.

Cuatro y siete. Y tú. Siempre tú. Maldito recuerdo, ¡deja de acosarme! Ella ya se fue, y ahora yo sólo quiero que tú también te marches. 




-  Duérmete, Schor. Ya ha anochecido y sabes lo que ocurre si no te ven en tu cama como los demás.
-  Es que tengo un problema, un problema grande, Arik.
-  ¿Qué problema es ese?
-  Sabes que aquí hay una ventana y una lámpara vieja – señaló los dos objetos mientras seguía hablando – Bien pues, me tienen completamente obsesionado.
-  No lo entiendo, pequeño – el hombre se sentó en el camastro junto a él.

-  Sí, Arik. Cada noche, vivo con el pensamiento de que tras ese cristal sucio hay algo increíble que todavía no he conseguido ver. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que exista algo ahí fuera alucinante, ¿entiendes? Estoy convencido.  
-  Pero muchacho…– susurraba con pena.
-  Es que eso no es todo, Arik. Esa lámpara vieja alejada de la ventana también me trae por el mal camino.
-  ¿Quieres que la lleve a la otra sala?
-  No, no. Me gusta porque ilumina sólo un recodo de la habitación. Es tenue, envolvente, y acostumbra a dibujar sombras en el techo y en las paredes. Además no molesta al resto. Acto seguido de pulsar el interruptor, siempre emite un pitido muy bajo que se mantiene en un segundo plano hasta que la vuelvo a apagar y desaparece, ¿sabes?
-  ¿Y cuál es el problema entonces? –  Arik seguía sin comprender nada. 
-  El problema es que, en ocasiones, aunque en el fondo sé que no es verdad, imagino que ese tintineo constante es el sonido de luciérnagas jugando a esconderse en el bosque que hay más allá de la valla.
-  Nunca he visto una luciérnaga, ¿qué es?
-  Yo tampoco, pero mi madre las vio cuando la trajeron aquí. Me contó que son bichos voladores que brillan mucho, y que sólo lo hacen por las noches.

El hombre agachó la cabeza y escondió el rostro en la penumbra. No entendía cómo Schor podía soñar dentro de aquella pesadilla.

-  Cada noche me imagino entre esa oscuridad del bosque tumbado boca arriba, observando cómo esas diminutas luces parpadean sin cesar y pululan de un lado a otro, formando destellos allí donde pasan. No puedo evitarlo.


El anciano le observaba callado.


-  Sé que no lo entiendes, nadie comprende que me guste mirar el cielo aquí. Pero inténtalo, ¡ya verás!

-  No hay nada bonito en este lugar, Schor. Sólo hay muerte y sufrimiento. No hay lugar para soñar, así que vete a dormir.


Schor frunció el ceño.


-  Sé que es una tontería soñar. Sé que no sirve para nada, que en cada instante puedo morir. Pero cuando me pongo a dar vueltas pensando en lo alucinante que sería poder volar, o cuando me quedo hipnotizado mirando a las nubes bailar allí arriba, los sesenta saltitos por minuto se detienen y esos relojes que hay aquí en la enfermería se rompen, los calendarios se quedan sin números, las agendas sin días, sale el Sol, no hay fronteras, sólo bosque. Y luciérnagas. ¿Lo estás imaginando?

El hombre esbozó una sonrisa.


-  Te guste o no, me moriré imaginando que vuelo con luciérnagas, Arik. 

         Y allí, en aquel campo de concentración, por primera vez, sentados y embelesados, creyeron que aquel juego de luces tras el cristal era real, y no un simple sueño.



Asyncronnia. 


  
Mientras esperaban para coger las entradas él se metía el último trozo de algodón de azúcar en la boca. En aquel mar de personas tan agitado, el frío se introducía lentamente en su pequeño cuerpo, pero no era suficiente para esfumar su entusiasmo. No había tenido más remedio que perderse entre esas piernas tan largas para poder observar lo que se encontraba tras las taquillas.

Ante sus ojos brillantes, a escasos metros, una tienda de campaña gigantesca e iluminada guardaba la magia. Nunca había abierto tanto la boca. Una mano conocida agarró la suya y lo sacó del trance. Antes de entrar dentro, con el vello erizado y una amplia sonrisa, volvió su cabeza contento de dejar la oscuridad atrás.
 

Avanzó por el pasillo maravillado. Allí donde miraba había destellos de colores que cegaban y humo rojo salía a los lados del escenario circular. Buscaron sus sitios y ella le sentó en sus rodillas y le rodeó con sus brazos. Una música inicial hacía que los segundos cobrasen misterio y tensión, alimentando su impaciencia y excitación.
Cuando menos lo esperó, un hombre de purpurina y con una pajarita enorme comenzó a hablar. No entendía lo que decía, pero de repente, un caballo negro entró en escena corriendo y empezó a dar vueltas a toda velocidad. El presentador ya había desaparecido y en su lugar, de la nada, un hombre con chistera saltaba desde la zona más alta de la carpa y se montaba en el animal. Acto seguido, éste sacó dos barajas de aquel sombrero tan alto. No sabía muy bien en qué consistía el número, pero en ese instante, como si hubiesen congelado el tiempo un segundo, reyes, picas y corazones se encontraban suspendidos en el aire. Aplaudió emocionado.

Media hora después las manos le dolían. Había visto a un domador meterse en la jaula del león; había visto a personas con pelucas y narices coloradas jugar con fuego, hombres de goma que se doblaban sin esfuerzo y elefantes que se sostenían sobre dos patas. Aquel lugar tenía algo que seducía a los sentidos. Era una realidad alternativa fascinante. Una realidad en la que a la palabra "imposible" se le podía quitar el prefijo, en la que todos reían y disfrutaban. La tristeza no existía.

Pero en ese mismo momento en el que él sonreía de oreja a oreja por aquello, la mujer que lo abrazaba luchaba para no dejar caer las lágrimas de sus ojos. Ella ya no entraba en aquel juego, ya no era envuelta por esa magia. Ya conocía la verdad. Frunció los labios mientras intentaba parar el torrente de imágenes que cruzaba su mente. No quería abrir un puente a su memoria con su hijo delante.

De pronto, todas las luces se apagaron. Las carcajadas de la gente se convirtieron en murmullos de desconcierto y a su vez, las notas arrancadas de un violín transformaron esos susurros en silencio. Algo se movió en lo alto. Dos, tres, cuatro veces. Una sombra danzaba allí arriba. Cuando una luz enfocó la zona, algo blanco descendía por una cuerda lentamente. Aquello parecía un ovillo brillante bajando en medio de la penumbra. Poco a poco, a medida que se acercaba al suelo, la figura redonda parecía despertar. Se movía muy despacio, agitando con suavidad sus extremidades superiores y ocultando su cabeza. Todavía no había llegado abajo cuando ascendió con urgencia y se posó con delicadeza en una de las plataformas. Desplegó sus alas con elegancia, cogió impulso y giró sobre sí misma una y otra vez en el aire hasta llegar al otro trampolín. Repitió la operación pero ahora saltando más alto, mucho más alto. Aquella ave dibujaba en la oscuridad con una precisión pasmosa. Sin embargo, algo no iba bien. Las notas subían en la escala y la inquietud se manifestaba en las respiraciones del público. Él también sentía en su estómago algo, como si un cienpiés recorriese el interior de su barriga.

 
Se detuvo en seco en el trampolín más alto. Al mismo tiempo, una mujer abrazó a su hijo más fuerte y apartó la vista llorando. Él notó el apretón de mamá, pero al igual que los demás, estaba entretenido mirando hacia arriba. La silueta blanca se impulsó nuevamente pero no saltó como antes. Cayó en picado y se estrelló contra el suelo.

Todos se quedaron paralizados. Parecía como si hubiesen recibido una torta similar a las que alguna vez le daba la mujer que continuaba abrazada a él. Era como si algo invisible se hubiese apropiado del sonido y por eso después de aquel golpe seco no se oía nada. No lo entendía. Los malabaristas salieron rápidamente, pero ya era tarde para poner vendas en los ojos. Observó el suelo confuso y recordó la foto del salón. Mamá una vez le dijo que papá sabía volar. Y fue entonces cuando comprendió que aquel ovillo blanco que yacía sobre la arena no era un pájaro, sino una mujer. Y esa mujer, no se movía. 



Admiro la capacidad que tienen algunos seres humanos para dedicar su vida a intentar llenar los huecos que esta misma ha provocado en la persona en concreto. Estos seres humanos buscan una receta para hacer desaparecer los golpes que nos hacen débiles y fuertes a la vez, buscan una receta para hacer desaparecer las puñaladas que recibimos por la espalda a medida que crecemos.

Ellos se empeñan en encontrar una solución a su imperfección emocional; a su permanente inmersión en la tristeza, la impotencia y la rabia. 

Lamentablemente, esa receta no existe, y aunque realmente no se llegue a ninguna parte, puedes llegar a encontrarte a ti mismo, se obtiene bienestar personal, distracción y aunque sea falsa, también esperanza.

Los agujeros negros que portamos son el resultado de todo aquello que en su día nos dolió, nos provocó una extraña sensación de soledad y ganas de llorar; lo que en su día nos produjo un incómodo nudo en la garganta y un cambio de perspectiva respecto a la vida. Llega un punto en el cual, estos pozos sin fondo se apoderan de nuestra ingenuidad y a cambio nos dan prudencia. Un negocio, a mi parecer, bastante sucio.

La cuestión es asumir que esos vacíos van a estar siempre en nosotros. La cuestión es aprender a vivir con ellos, a aceptar que poseemos heridas que nunca llegarán a cerrarse (unas son superficiales, otras sin embargo son muy profundas). Comprender que la vida es pisar sobre arenas movedizas en las que te puedes hundir. No es que me guste tener lagunas que me recuerden lo que es la tristeza, pero me ayudan a no olvidar lo que es la felicidad cuando la encuentro.

Los agujeros negros si se suman son muchos, demasiados. Pero si sumamos cada momento de alegría, por insignificante que sea, conseguimos doblar a los primeros. Es cuestión de valorar las cosas pequeñas que nos hacen grandes día a día. 


    Ayer conocí  a un hombre que no me dejó indiferente. Él me contó que conocía a todas las personas del mundo. Yo evidentemente no le creí.  ¿Quién puede conocer a todos los seres humanos que habitan el planeta? Hay pocas cosas imposibles, pero yo estaba segura de que, esa particularmente, era una de ellas.

    Le pregunté si había algún truco en eso que me confesaba y me respondió con un sencillo movimiento de cabeza a los lados. También me dijo que normalmente no caía muy bien, que todos respondían de la misma manera ante él: se sentían terriblemente mal; impotentes, rotos y vacíos. Y yo, cada vez más confusa, me planteaba qué tipo de cosas hacía aquel hombre para que la gente se pusiese como se ponía.

    Sentí miedo. Pero no era un miedo por aquello de: "no hables con desconocidos y más si dicen cosas sin sentido". Tenía la sensación de conocer a ese hombre de antes, me sonaba su cara, su manera de hablar. Parecía como si, después de todas las malas experiencias que había tenido con las personas a las que había conocido, se hubiese resignado y hubiese aceptado que no podía cambiar su manera de ser y de actuar por mucho que lo intentase.

    Me advirtió que era peligroso, que no debía acercarme a él porque entonces yo también acabaría con heridas como el resto. Sin embargo, también me advirtió que era algo inevitable. Una contradicción que para mi asombro, entendí demasiado bien. 

    Me desveló otro secreto más: tenía asumido que siempre nacería y moriría en la completa soledad.  Un secreto que yo ya sabía, por lo que volví al primer enigma: ¿Cómo era materialmente posible que conociese a todo el mundo? Y en el hipotético caso de que así fuese, ¿quién era este hombre que podía realizar aquello?

    Hay algo que por lo visto, todos habían olvidado preguntarle menos yo. Algo tan obvio y tan simple, que cuando obtuve su respuesta a mi pregunta, todo cobró sentido:



-        - ¿Cómo te llamas?
-        - Me llamo Dolor.
-           


         Una fuga en una tubería. Una bombilla fundida. Una raya blanca de un paso de cebra mal pintada. Un botón de esa camisa se cae. El pájaro del segundo bulevar de ese barrio que canta todas las mañanas muere. Una señora tropieza al entrar en el portal número veintisiete. Un billete de veinte euros cae del pantalón de su dueño mientras va al trabajo y el globo de una niña explota en su rostro en ese mismo momento. Un semáforo que no funciona. Una carta en un buzón equivocado. Un autobús que pasa de largo. Un ascensor suspendido, una puerta mal cerrada. Un bote de aceitunas derramado por la cocina de la vecina del quinto. Un chicle en el zapato. Un avión que se retrasa. Un yogurt caducado. Un perfume en la chaqueta de su marido que no es el suyo. Una guitarra desafinada. Un libro perdido en uno de los bancos de ese parque. Una nota no leída en la mesa de la entrada. Un café demasiado amargo.

      Dolor de cabeza. Una tormenta de verano. Dos personas que se encuentran con los ojos en medio de la gente y que no se volverán a ver nunca. Un coche sin gasolina. Pisar una mierda. Decir: <> Una nota mal escrita en la partitura. Un reloj sin segundero, una mancha en la corbata. La primera cana. Una joya enterrada por ese perro en el jardín. Una flor sin pétalos. Una cucaracha boca arriba. Un corazón roto. Una historia inacabada. Una despedida. Una foto no planeada. Chocolate en las comisuras y bigotes de leche en ese niño. Un megáfono sin pilas. Un disco rayado, un cinturón sin hebilla. 

     Lunares y rayas. Un cuadro torcido en la pared. Ropa de color y ropa blanca mezclada en la lavadora. Comprar un helado y que se caiga. Una marioneta sin cuerdas. Un puzzle incompleto. Una operación de vida o muerte en el quirófano de la tercera planta. Una mala pasada por culpa de un cuchillo al resvalarse de su mano cuando cortaba jamón. Una picadura de un mosquito. Quemarse en la playa. Una errata en el periódico.Un aspersor descontrolado. Una decisión que tomar. Un cumpleaños que apuntar en el calendario. Cloro que se introduce en su nariz al sumergirse en la piscina. Un sueño que al despertar desaparece por completo. Dejar la nevera abierta.

      Un bolígrafo sin tinta. Los efectos secundarios de comer legumbres. Irse de viaje y no llevar cepillo de dientes. Un laberinto sin salida. Una llamada telefónica a un número equivocado. Un bote de salsa picante sin etiquetar. Saber cuál es el truco en un número de magia. Una chirla cerrada. Un intermitente mal puesto. Morderse la lengua cuando aparece una avispa. Una matrícula capicúa. Un vehículo amarillo. Hablar de forma estúpida con los bebés y los cachorros. Un atasco. Hacer siempre desayuno, comida y cena para uno. Salir de casa y empezar a llover a cántaros, meterse de nuevo en el portal y parar. Un grifo abierto. Dejarse las llaves dentro. Una muñeca sin cabeza. Un sacapuntas sin cuchilla. Un techo con goteras. Un agujero en un bolsillo. Una vela gastada, un pensamiento dicho en voz alta.

     Hay alguien, en alguna parte, a la que le está pasando algo, no se sabe muy bien el qué. Ese alguien, en alguna parte, está pensando que tiene mala suerte. Y yo me pregunto: ¿Llamamos mala suerte a aquello que no está metido en nuestros esquemas? ¿A aquello que se escapa de nuestro control?



   Hace poco, me percaté de algo importante. Descubrí que no merece la pena luchar por algo que en vez de dar paz da guerra. Por algo que enfrenta, por algo que hace daño. Me di cuenta de que, hay cosas, que por mucho que las deseemos con todas nuestras fuerzas, no se hacen realidad. Me percaté de que nunca podría hacer un pacto con el tiempo por mucho que yo quisiera, pues este se transformó en cazador cuando menos lo esperaba.


   Ya no soy tu cómplice, ya no soy la persona que quedó fascinada por el diablo. Ya no soy la sombra sonriente que se confundía con la noche en aquella ventana. Ya no soy el duende que guardaba tus recuerdos, ya no soy las palabras con las que antes te dormías. Ya no soy la nota más aguda de tu perfecta sinfonía. Ya no soy la lluvia que empañaba los cristales de tu mente, ni tampoco soy ya la luz que se colaba entre los barrotes de tu cárcel.

   Ya no soy el aire que respiras. Ese aire que en vez de aprisionarte te hacía flotar. ¿Notas ahora cómo empiezas a ahogarte? Pides ayuda pero, ¿quién te escucha? Tu voz se pierde, tu voz quebró. Te observo mientras tu pecho empieza a convulsionar. Quizás no sea aire lo que te falta, quizás sea otra cosa muy distinta lo que te ahoga.

   Conseguiste matar al pájaro de alas blancas que surcaba tu cielo ahora teñido de rojo. Lo hiciste y no necesitaste ayuda. Estúpida ave presa del destino, estúpida ave presa de mentiras que olvidó los riesgos que corría. Tú la mataste y lo hiciste tomándote tu tiempo. Ahora, tú, asesino de lo que un día te hizo sonreír, soportas la agonía a duras penas. Porque débil eres, y débil serás siempre.
   


Estimado y desconocido destinatario:

Hoy he decidido mandar una carta a alguien que no existe. Llámeme loco. Llámeme desequilibrado. Después de que usted haya pensado que mi cerebro no funciona correctamente, le pido que asimile este hecho y se sumerja en ello de lleno. Pronto observará cómo la ignorancia y desconcierto inicial desaparece. ¿Ya acepta que esto es un sin sentido? Bien, entonces va por el buen camino y puede seguir leyendo.

Como le iba diciendo, hoy he pensado que sería una buena idea escribir una carta a alguien sin nombre, sin identidad. Escribir a la nada, usted ya me entiende. Se preguntará para qué. Lo sabrá cuando yo termine de escribir esto y cuando usted termine de leerlo. ¿Le gusta mi respuesta a su pregunta? Si no es así, no se preocupe, realmente su opinión respecto a esto no me importa. No se sienta ofendido. Sencillamente, no es algo que tenga relevancia en estos momentos, si así le gusta más la manera de expresarlo. Soy yo el que está escribiendo una carta a alguien que no existe, no usted.

Normalmente alguien que escribe algo tiene intención de contar algo, evidentemente. ¿Mi intención? Discúlpeme porque aún no lo sé. Creo que la idea principal, esa que cruzó fugaz en mi mente en un momento de lucidez, fue encontrarme a mí mismo. Ríase. Yo lo hago.

Esto, el estar escribiendo algo que no tiene ni pies ni cabeza y el andar buscándome porque no me encuentro, habitualmente suele ser absurdo. Recalcaré habitualmente. Hoy no es habitualmente. Si hoy fuese habitualmente, no estaría como estoy ahora ni usted estaría como está ahora. Pero como hoy no es habitualmente, no se agobie. Hoy no necesita cordura para actuar como suele hacer habitualmente, día tras día. Despójese de eso, por favor.

Volviendo al tema de la carta...¿Usted que escribiría en una carta? Si me lo permite, yo responderé por usted. Yo si fuese un niño como usted, haría un dibujo más que escribir algo en un papel. Por otro lado, si fuese un joven como usted, escribiría algo para desahogarme o una carta de esas de amor. Esta última ya casi no se usa, pero créame cuando le digo que el resto, usted y yo, alguna vez hemos escrito algo así. Si fuese un adulto, probablemente escribiría una reclamación a Hacienda o a alguna compañía de esas que piensan que usted es tonto. Quizás también escribiría una carta a alguien que no veo hace mucho tiempo, pero ya casi no se utiliza el correo para estas cosas. Por otro lado, si fuese alguien que carga con el peso de los años en su espalda, probablemente escribiría algo que pudiese ser útil a una generación futura, algo que dejase un recuerdo en este mundo suyo para que después de su muerte, le mantuviesen con vida al leer sus palabras. 

Pero como no soy un niño, ni un joven, ni un adulto, ni un anciano como usted, y tampoco puedo asegurar que todo lo anterior sea cierto y seguro, no sé lo que he de escribir. ¿Comprende ahora mi problema? ¿Ve cómo no estoy loco? ¿Ve cómo ahora usted tampoco sabe cómo retomar su habitual vida, en su habitual día a día, habitualmente? Perdone si toda esta carta le ha confundido. O quizás no. No me perdone, me siento a gusto confundiéndole.

No me ponga la etiqueta de persona incauta o cruel por romper sus esquemas, sé que no quiere. Mi única intención es contarle lo que me ocurre y que usted, esa ente sin nombre y sin una personalidad y cuerpo definidos, lea y escuche mentalmente lo que le cuento con estas sencillas palabras. Así podrá ayudarme.

Puesto que usted es la nada personificada (a estas alturas, no me lo niegue) y yo soy alguien muy similar a usted, no hay necesitad de intercambiar dos besos o un apretón de manos para que usted entre en mí y yo en usted. ¿Entiende? No hay normas.

Desde su posición indefinida y desde la mía, le comentaré una última cosa.

¿Dónde está usted? ¿Sabe decírmelo?

Si me lo permite, yo responderé por usted. Usted está en la nada. Suena gracioso, ¿verdad? Cree que es gracioso. Yo también lo creo. Ahora me percato de que quizás, después de haber compartido estos intensos y breves comentos dialogando con usted por medio de una carta que no es carta, deberíamos ingresar en un sitio de esos de rehabilitación.

¿Usted que cree? Por última vez, (y debería haberlo deducido ya) si me lo permite, yo responderé por usted: No estoy loco, no estoy desequilibrado. No soy un incauto o una persona cruel. Y usted tampoco.

Sencillamente soy algo que buscar ser algo más. ¿Entiende este último juego de palabras? Relea la frase otra vez y así lo comprenderá con plenitud.

Esta es la última aclaración que tenía que hacerle. Espero que algún día de esos habituales, alguien o algo (ya no sé distinguir bien) como usted y como yo, encuentre esta carta que no es carta.

Yo la encontré dentro de lo que quiera que sea eso de ahí a lo que suelo habitualmente llamar yo. Estaba escrita en una mitad de mi alma. La otra parte, donde se encuentra otra carta muy diferente a esta, la que contiene todas las respuestas seguras y ciertas que aún no sé y que nunca sabré, está perdida y escondida. Y lo estará.


Para siempre.







 -          Mamá, ¿crees que existe ese cielo del que tanto habla la gente?

-          ¿A qué te refieres, cariño?

-          Jolines mamá, no te enteras de nada. Ellos dicen que hay un cielo donde están las personas que han fallecido, pero yo no veo nada. Sólo hay nubes y parece como si con una brocha lo hubieran pintado de azul turquesa. ¿Tú ves algo, mamá?

La mujer estuvo en silencio unos minutos.

-          Claro que existe, mi amor. Ellos están en las estrellas y nos iluminan por la noche mientras dormimos, para protegernos y cuidarnos, lo que pasa que por el día los rayos del Sol las tapan.

-          Pero mamá, ¿cómo va a vivir alguien en una estrella? ¿ Y por el día no nos cuidan?

-          Cariño, te he dicho que el Sol no deja que las veamos por el día, pero que no las veamos no significa que no estén ahí.

-          Está bien, pero no has contestado a la primera pregunta, mamá.

-          Lo entenderás cuando seas mayor, hijo.




<< Mamá dice eso porque no sabe qué responder >> pensó el niño. Aparentemente quedó convencido, pero en el fondo sabía que no le había dicho toda la verdad.

 Es inútil intentar ocultar el hecho de que creemos ciertas cosas para sentirnos tranquilos. Porque en el fondo, cuando la idea contraria se cruza fugaz y vagamente por nuestra cabeza, aparece un precipicio negro y sin fin, y algo nos oprime el pecho. Porque la verdad, aunque intentemos evitarla, duele.





Un día me levanto y me pregunto qué es lo que quiero ser. Conclusión: no lo sé. No pienso en una profesión cuando me planteo esto, ni tampoco en el futuro. Pienso en el ahora y en lo que me rodea, lo que pertenece al presente.

Menudo problema. Creo que de nuevo me encuentro en ese punto en el que las cosas no están claras. Ese punto en el que reaparece un nudo grande, uno de esos que solo con observarlo desesperan antes de empezar.
Pero, ¿quién dice que no seas capaz de desenredarlo y conseguir una cuerda extremadamente larga, por muy imposible que parezca? Cabezota por naturaleza, día tras día intento desenmarañar sus enredos, pero en ocasiones, da lo mismo de qué extremo tires, el nudo se aprieta más, lo das por perdido, y esperas a tener más paciencia al día siguiente.

Este es un día en el que me he levantado con ganas de avanzar y desbaratarlo un poco más. Me detengo unos instantes, olvidando si debo planificar o acordarme de algo, olvidando obligaciones y dejando a un lado el tiempo. Pero miento si digo que lo consigo por completo.

Soy quien creo que soy, pero en realidad no tengo la menor idea. Voy dando tumbos y siempre lo haré, pero eso no responde adónde voy.

"Yo quiero ser persona", me digo convencida. Pero, ¿qué es ser persona? De nuevo me encuentro tirando de un lado del nudo que no parece que tenga ni principio ni final y sólo puedo fruncir el ceño y cruzarme de brazos frustrada.

Llego a la conclusión de que no sabemos lo que queremos ser hasta que empezamos a serlo, y cuando por fin nos hemos convertido en eso que tanto anhelábamos, no nos damos cuenta. Qué fácil sería ser lo que sale de dentro, espontáneo y natural, sin enrevesamientos y complicaciones.


A primera vista una pintura bonita y envolvente. Los colores y el movimiento de las figuras hacen que el cuadro esté en armonía. Los personajes se encuentran en un jardín pasando una tarde aparentemente agradable.

Nada más observarlo, mis ojos se posan en la joven que se columpia. Tiene una expresión despreocupada, incluso parece sonreír. Las líneas curvas de su vestido hacen pomposa esa parte de la escena, y su movimiento de piernas deja deducir que se está divirtiendo. Me fijo después en el zapato que vuela por los aires. ¿Adónde irá a parar? Su vuelo me lleva a la figura masculina recostada bajo la dama: parece dispuesto a coger el zapato cuando caiga. Si por él fuese - pienso -, se lo quedaría y lo utilizaría como excusa para volver a verla.

Podría creerse que es el amado de la dama volatinera, pero ¿y el hombre situado detrás, que impulsa el columpio? ¿Quién es él entonces? Es sin duda el marido y también parece feliz. Feliz en su ignorancia pues está completamente cegado por la falsa bondad y fidelidad de su mujer. Ella va y viene, una y otra vez. No se cansa. Hasta las estatuas se sorprenden de la capacidad que tiene para fingir su engaño y constante juego a dos bandas.

Los ángeles, también en la penumbra se abrazan fuertemente. Uno de ellos, cierra los ojos, temiendo que el secreto se desvele en cualquier momento; el otro, por el contrario, mira asustado a un tercero, que ruega silencio, justo encima del punto de apoyo del amante.

Los detalles, en este caso, son los que permiten hacerse una idea de lo que verdaderamente ocurre. Podría haber pensado que se trata de tres hermanos, y que las estatuas son simples objetos decorativos. Que el zapato, sencillamente, vuela por el entusiasmo de la joven y que el marido se encuentra detrás, en un lugar oscuro, por la propia luz del cuadro y no por una segunda intención.

Puede ser fácil pintar una mentira y hacer que el que lo observa no se percate absolutamente de nada. Pero, ¿será igual de fácil hacerlo en la realidad?


Cuando el atardecer y la noche se pelean; cuando se entrelazan rasgando el cielo y partiendo en dos las nubes..

Cuando uno tiñe lo infinito de un rojo pasión intentando seducir al Sol; cuando la oscuridad lanza contra éste tonos morados camuflados en susurros, y abraza por la espalda a su adversario..

Sólo entonces, cuando la noche ya ha vencido, me coloco algunos abrigos, cojo un farol, me aferro a mi caja y salgo a buscarlas.

Me introduzco en el bosque, sin saber qué dirección tomar. Aleatoriamente escojo el primer sendero y comienzo a caminar. Mis pasos no son sigilosos, es más, no me preocupo por el crujido de una rama u hoja seca bajo mis pies. Tan sólo intento esquivar todo posible objeto con que pueda tropezar mientras miro hacia arriba.

Las copas de los árboles encapotan el cielo dificultando así mi búsqueda, pero yo continúo andando y observando atentamente, por si en algún cachito de cielo se muestra alguna. Me acompañan las palabras mudas y a la vez sonidos claros de los animales, pero aún así sigo sintiéndome algo vacía.

Cuando la paciencia comienza a desvanecerse, una de ellas me sorprende. A su lado otras dos más, una tercera un poco más alejada diría yo.

Dejo el farol en el suelo y cierro los ojos, posando una mano en el pecho y otra en la cabeza. Los abro de nuevo sonriente: lo averigüé. Averigüé el camino definitivo.

Ahora corro, segura y sin farol, decidida y satisfecha.

Los árboles han quedado atrás, descubriendo ante mis ojos un cielo repleto de innumerables puntitos, recordándome a una pared de gotéele. La única diferencia es que éstos relucen allá a lo lejos como pequeñas piedras preciosas.

Decido acomodarme en una piedra idónea para tumbarse. Tras analizar el firmamento, fascinados, mis ojos se posan en una de las que más brilla. Me percato de que tumbada no voy a conseguir cazarla. Me incorporo pues, y despego mis pies del suelo hacia arriba, pero no es suficiente. Tengo que saltar más. Aún sabiendo de la existencia de la gravedad, yo vuelvo a saltar dos, tres, cuatro veces. La toco y entonces es mía. La tomo entre mis manos cuidadosamente y la introduzco en mi caja. Sigo pegando brincos cada vez que veo alguna que destaca, ya sea por su brillo, su parpadeo constante o simplemente por una corazonada.

Ya está. Con el último punto incandescente guardado en mi caja he perdido el último abrigo que me quedaba. Ésta no está llena ni mucho menos,  pero las que he conseguido esta noche son suficientes, no necesito más.

Cuando regreso y cuento las estrellas, me doy cuenta de que una de las que más me ha costado lograr, ya no está, se ha esfumado. Sin embargo, hay unas cuantas más que yo no había cogido. Han llegado solas a mi caja. Me percato entonces de que, aunque aparentemente brillan menos y son más pequeñas, en su interior irradian una luz cegadora y doblan en tamaño a las otras.

Indefinida..*



Ella jura que puede volar y si no, observa cómo lo hace. Fíjate cómo levanta el vuelo, sin caer, sin que la sostengas. Ella jura que puede escuchar palabras sordas, que puede atrapar en sus manos el aire que respiras, y si no, observa cómo lo hace. Fíjate cómo se adueña del incómodo silencio y lo convierte en melodía, cómo se apropia de un simple soplo tuyo y hace de él vacío. Ella jura que puedo soñar sin dormirse, que puede correr sin cansarse, que puede avanzar sin adelantarse, y si no, observa cómo lo hace. Fíjate cómo imagina en un papel, cómo persigue lo que quiere, cómo traza su camino con un breve latido. ¿No lo ves?


Entonces sólo estás mirando. Miras y miras, creyendo ver, pero ni siquiera te percatas de todo lo que te quiere decir. Duele, claro que duele. Duele saber que no la escuchas, duele saber que no eras quien ella creyó que eras. ¿Sabes por qué la has hecho tanto daño? Ella te quiso demasiado.

Indefinida.*


:)

Preciados seguidores y seguidoras:

Ya sé que hace unas cuantas semanas que no actualizo y me hace muy feliz ver que gente se preocupa por ello :) Lo cierto es que últimamente la inspiración ha decidido esconderse. Quizás sea yo la que no va a buscarla, supongo que el tener poco tiempo no sirve como escusa...Bueno, es igual. Echo de menos pasarme por vuestros blogs y enriquecerme con vuestros textos, y también hecho de menos colgar nuevos escritos y que los comentéis. Intentaré volver a publicar algo nuevo en cuanto pueda, y si tengo que desgastarme el cerebro para ello lo haré :) Gracias por picarme de nuevo :) Prometo colgar algo pronto ^^


Indefinida.*




Un tesoro más valioso que todo el oro y las piedras preciosas de este mundo se esconde retorcidamente en un lugar donde NADIE desde el principio de los tiempos ha sabido encontrar. Se oculta tras la incertidumbre y el miedo. Es cruel y malvado por jugar con los pensamientos del ser humano, porque por supuesto, nada ni nadie “es capaz” de hacerlo. Es divertido ver cómo tanta ignorancia se aúna formando un sistema de tontos. La codicia les supera y no son capaces de acercarse ni siquiera un poco a su escondrijo. Continúa observando el mismo espectáculo de todos los siglos, no se cansa, pero cuando el aburrimiento le vence, decide dejarse ver como tantas otras veces, pero son pocos los que pueden y quieren alzar la vista y vislumbrarlo entre tanta monotonía y estupidez. Desconoce cuando llegará lo inesperado, cuando terminará este juego del escondite. Lleva años y años luchando contra el Orgullo, pero éste parece invencible. Si desapareciese de esa pasta humana de la que todos están hechos otro gallo cantaría.

Ya no se asombra de los pensamientos que le rodean. Quienes creen que lo mejor es vivir en esta burbuja rosa que engloba todo nunca encontrarán este tesoro, porque antes de hacer un vago intento de ponerse a indagar, se detendrían a evaluarlo y ver los beneficios que podrían obtener de esta codiciada fortuna. Lástima que la superficialidad y evasión humana no permitan desvelar cosas increíbles. 

Entre sus planes no entra dejarse atrapar, por lo que continuará ocultándose. Él es aquello por lo que el humano camina sin rumbo en este mundo, por lo que se siente tan perdido que prefiere dejar aun lado lo que no comprende o se sale de sus esquemas. Es aquello que el ser humano tanto ansía. 

Este tesoro no es otra cosa que las respuestas capaces de romper ese silencio que nos corroe por dentro, y que aparece cuando nos formulamos preguntas que nadie, absolutamente nadie sabe responder.

Indefinida*.


¿Cúando te darás cuenta niño ingenuo e indefenso, que detrás de unas palabras amables y una piruleta de colores se haya algo manipulador y perverso?
¿Cúando te darás cuenta niño feliz y sin preocupaciones, que te cortaron las alas antes de que pudieses echar a volar y así arrebatarte tus ambiciones?
¿Cúando te darás cuenta niño engañado con mentiras adornadas y promesas incumplidas, que soñar sale muy caro?
¿Cuándo te darás cuenta niño importente e inexperto, que detrás de juegos y sonrisas no existe ningún afecto?
¿Cuándo te darás cuenta niño alegre y risueño, que incoscientemente te someterán y dejarás de ser tu propio dueño?
¿Cuándo te darás cuenta niño asustado y temeroso, que esté mundo ya no es para vosotros?


Indefinida*.



       Su mirada se pierde en el color rojo. Es lo único a lo que presta atención. Escucha voces que lo aturden. Ante él, un hombre se curva, adelanta el pecho y mira hacia arriba, a la gente que grita y vitorea. La rabia aumenta, pero lo que está a punto de hacer no le servirá de nada. Embestirá al vacío.  De nuevo sólo la tela carmesí ondeando a un lado y al otro. Irá otra vez a por ella, sí. Quiere desgarrarla y acabar al fin con todo esto. No sabe que pronto su cuerpo también se teñirá del mismo rojo.


       Golpea la arena con una de sus pezuñas, preparándose para correr de nuevo. Bufa unas cuantas veces, y cuando ve que el hombre se acerca a provocarle, baja la cabeza y se lanza. ¡Va a conseguirlo! ¡Unos pocos metros más y la romperá en mil pedazos con sus portentosos cuernos!
Como si de magia se tratase, la sábana se ha escapado y él, que no lo esperaba, ha seguido corriendo. Elpúblico se incorpora de los asientos emocionado y aplaude. No importa, se ha detenido unos instantes pero ahora regresa mucho más furioso que antes. De nuevo intenta embestir, pero cuando ya se encuentra cerca siente un pinchazo fuerte y seco en su columna. La herida que le acaba de hacer el hombre sonriente, comienza a expulsar sangre a borbotones. Ahora ya tiene dos objetivos: la tela provocadora y el hombre. Nota que sus fuerzas flaquean, pero no se deja vencer.


     Mira con fuego en los ojos a los dos e intenta abalanzarse sobre ellos. Su corazón late alterado. Segunda estocada. Ahora se tambalea un poco y su vista se nubla. Aún es capaz de resistir, no se rinde. A la tercera, se ha desplomado sobre la arena con un sonido sordo y se encuentra en el suelo inmóvil. La gente aplaude llena de júbilo, feliz, sonriente. El hombre se quita la montera y saluda a sus admiradores. Lo ha logrado. Ha conseguido el respeto de las personas gracias a su arte en matar toros. Porque, al fin y al cabo, es un arte, ¿no?


    Qué horrible error. Eso no es un arte: es una humillación disfrazada de falsa valentía. Todos se engañan. Admirar a alguien que se mancha las manos de sangre una y otra vez, y que es capaz de dormir tranquilo y contento por haber logrado tal hazaña, es un absurdo. Pero, que no se equivoquen los espectadores. Ellos también se manchan  las manos observando divertidos este espectáculo.


El arte crea, no destruye.



Te gusta el olor a tierra mojada. Caminas sin paraguas, y lo cierto es que te da igual. Poco a poco la lluvia te moja, y sin prisa, continuas por la calle. Ya no importa si te resfrías, ya no importa si los demás te miran de forma extraña. Ya no importa nada.
El viento ahora mece con más fuerza los árboles que se agitan violentos, desprendiéndose de hojas ya secas. Con las manos en los bolsillos, la balada que estás escuchando sigue sonando. Cruzas un charco y te calas los pies. Muestras indiferencia. Te gusta ver cómo no mantienes el mismo ritmo que esas personas; apresurado y constante. Mientras ellos piensan en la cantidad de obligaciones y cosas que deben hacer en ese día, tú no tienes ninguna preocupación. Aunque, te mentirías a ti misma si pensaras eso. Has intentado esquivarlo, pensar en algo totalmente opuesto; pero al buscar otra cosa con la que mantener tu mente ocupada, te has dado cuenta de que no sirve de nada.

Te sientas en el último banco del paseo. Está húmedo y seguramente ya te habrás manchado, pero ¿acaso no estás ya mojada? Tus cabellos se pegan a tu rostro y la ropa se ciñe al contorno de tu cuerpo. Notas que pequeñas gotas caen por tu rostro. Al principio crees que gotean del flequillo, pero pronto te das cuenta de que son lágrimas lo que resbala por tus pómulos. Te encoges todo lo que puedes, apretando las rodillas contra tu pecho, y entonces un gran vacío te inunda por dentro. La música se detiene. Cierras los ojos y ves que en el suelo hay un agujero negro. Paulatinamente, éste, sin que te percates de ello, va haciéndose cada vez más grande. Tú te encuentras en un extremo, sin prestar atención. Pero cuando levantas la vista, comprendes lo que ocurre. Entonces empiezas a correr.

Corres y corres, intentando alejarte de esa cosa que absorbe todo lo que ve a su paso, volviendo la mirada atrás presa del miedo y la desesperación. Es inútil. Tropiezas, caes y entonces también te hace desaparecer a ti, en un instante. Sientes angustia, sientes agobio. Te estás introduciendo poco a poco en un sueño eterno, en un trance del que no se puede salir.
Contigo, comienzan a perderse tus recuerdos, comienzas a olvidar los hechos más significativos en tu vida; los rostros de las personas a las que amas se borran; dejas atrás sentimientos que no se pueden explicar, que sólo se pueden sentir. Te gustaría gritar, pero ya no puedes; te gustaría poder pensar, pero ya no hay nada.

Absolutamente nada.

Como un leve suspiro , te has desvanecido sin más.


*..Indefinida.



Tan sólo puedo ver lo que mi mente no ha olvidado. Recuerdos que permanecen en mi memoria que, como tantos otros, pronto se desvanecerán sin más.
Evoco aquellas veladas nocturnas acompañado solamente de un papel, mi pluma y la inspiración. Añoro el mismo paisaje de cada día al otro lado de mi ventana y observar como una pincelada en mis lienzos cobraba sentido. También echo de menos las tardes en las que permanecía horas mirando al techo, imaginando aquel mundo tan soñado.
Pronuncié aquellas palabras sin miedo, aun sabiendo las consecuencias de mis actos. Lo cierto es que no me arrepiento de ello. Me mantuve callado durante mucho tiempo y ese día exploté.
No temía a la muerte ni ahora tampoco, es más, la deseo. Quiero que me libere de estos hierros oxidados que entumecen mis muñecas y tobillos.
Estoy en un lugar húmedo, sucio, oscuro. Tan oscuro que no existe la diferencia entre abrir los ojos y mantenerlos cerrados, pero eso en el fondo me es indiferente. Este es un lugar que reduce cada pensamiento al silencio, un silencio ensordecedor. Lo único que escucho es mi respiración: fuerte y entrecortada. Una respiración que fatiga.
No hay ventanas. Tan sólo existe la leve luz de las velas con las que pocas veces los guardias iluminan los pasillos, para darnos algo que no tiene sabor, que no llena, que no sacia.
El dolor físico ha sido sustituido por uno todavía más grande. Se ha transformado en una gran y pesada piedra, que a cada movimiento que hago, me aplasta un poco más. No tengo hambre, no tengo sed y tampoco necesito dormir. Ya no tengo fuerzas, no tengo ganas, no tengo nada. Faltan palabras para representar lo que ni si quiera uno sabe describir. Todo me lo han quitado de una forma tan rápida y aterradora que no me ha dado tiempo a darme cuenta de ello.
Estoy cansado de todo esto. Estoy cansado de saber que todavía vivo, que sin embargo, también estoy muerto. Cansado de encontrarme aquí y a la vez no encontrarme en ninguna parte.
No entiendo por qué aún no muero ¿Serán las ganas de ver por vez última la luz? No lo sé, pero algo me dice que mi hora se acerca y que pronto saldré de aquí.
Dos hombres abrirán la puerta y me quitarán los grilletes que unen mis pies. Al principio creeré que es un sueño, pero pronto me percataré de que no es así. Con urgencia y violentamente, harán que salga de estas cuatro paredes que aprisionan mi alma.
Comenzaremos a subir escaleras. Tropezaré varias veces, pero no llegaré a caer. Unos escalones más y quedaré cegado por el Sol. Sonreiré al ver el cielo, percibiré el aroma del pan recién hecho, y el ambiente de la plaza me devolverá algo que he perdido hace mucho tiempo.
Cesará el bullicio del gentío. Habré llegado al cadalso y entonces todo el mundo presenciará mi muerte. Veré el horror en sus rostros, el espanto que sentirán al ver mi sonrisa, mi orgullo. Tres, dos, uno. Lo último que oiré será el sonido de la cuchilla al descender.


*..Indefinida.





Esta historia se remonta hacia unos tiempos muy lejanos, en los que los caballeros luchaban en las Justas para así conseguir el reconocimiento de su valor hacia el rey y poder desposar a su hija.

Danna se encontraba en sus aposentos, mientras la criada le cepillaba sus largos cabellos dorados. El Sol había caído por el horizonte, dejando salir a la dueña de la noche. Se giró bruscamente para hablar con la pobre muchacha.
- Loretta, mañana tendrás que cubrir mi huida.
- Pero mi señora, ¿cómo llevaréis acabo esa descabellada idea?, se celebrarán las Justas.
- No quiero casarme con el caballero que logre vencer a los demás, quiero decidir yo misma con quien compartir mi vida – explicó segura y decidida.
- ¿Qué dirá vuestro padre? Si por algún motivo sois descubierta, !os pasará algo ma...
- ¡Shhhh! No se enterarán porque no diréis nada – le cortó al mismo tiempo que le tapaba la boca – partiré antes de la ceremonia, cuando todos los nobles se estén preparando para las luchas. Es la única forma de pasar inadvertida. Necesito que consigáis una armadura, preparéis también provisiones y un caballo.
- ¿A dónde iréis?
- Todavía lo desconozco.

La oscura noche poco a poco se fue aclarando y la joven princesa se introdujo en el prolongado pasillo de habitaciones, después de haber esperado a que todos los guardias se hubieran ido al gran portón del castillo, donde recibirían a caballeros que llegarían a última hora.
Con cautela y sigilo, descendió por las escaleras consiguiendo llegar, sin ser vista, al patio donde la esperaba la humilde muchacha con el caballo.
- Todo está preparado para vuestra huida – dijo solamente – os echaré de menos, mi señora.
- Todavía no es la hora de despedirse, necesitaré un escudero.
La joven sonrió y se marchó. No se esperaba que Danna quisiera marcharse con ella. Más tarde apareció con la vestimenta adecuada.
Poco fue el tiempo que tardaron en llegar al otro portón, situado detrás del castillo. Era muy poco transitado y no tendrían problemas para dejar atrás el reino.
- ¿A dónde vais? – preguntó un guardia a Danna.
Ella no contestó.
- Debéis de ser Artagnan, todos están esperándoos. Venid, yo os acompañaré al torneo, parece que estáis perdido.

Danna, seguida de Loretta, estaba preocupada. No podía contrariar al guardia y sus planes se habían arruinado con un pequeño contratiempo.
Llegaron al lugar donde se iban a celebrar las Justas y desconcertadas, observaron cómo todos los caballeros con sus escuderos se preparaban para el combate. Escucharon como alguien decía un nombre, pero no le dieron importancia. Unos instantes después se percataron de que era Danna a la que se referían. Se colocó en el sitio que le correspondía y comprobó que todo estaba correcto. Frente a frente, un caballero de armadura oscura, se encontraba en posición de ataque. La joven dama aferró la lanza con fuerza y se preparó para la lucha pues no tenía otra alternativa. Cuando escuchó la señal de salida, sin saber cómo, espoleó a su caballo y éste como una bala, empezó a correr. A pesar de la indumentaria, notó cómo el aire azotaba su rostro, pero no duró mucho. A escasos metros, se encontraba el contrincante, que en pocos segundos, clavó su lanza en el hombro de Danna. Impactada por el dolor, perdió el control del caballo durante unos instantes. Después de serenarse, agarrándose el hombro que parecía dislocado, logró volver a su punto de partida donde Loretta le quitó la armadura para curar la magulladura.
- ¿Estáis bien mi señora? – preguntó alarmada.
- El dolor no es importante en estos momentos, debo salir ahí fuera otra vez – contestó mientas hacía una mueca de dolor.

Se incorporó de nuevo a la batalla y esta vez, en el segundo choque, derribó al oponente. El caballero yacía en el suelo. La doncella bajó del corcel y se quitó el casco para ayudar al joven. No se percató de que sus largos cabellos dorados habían sido vistos por toda la multitud, al despojarse de lo único que ocultaba su identidad. Cuando el muchacho fue atendido, ella subió al lugar donde le correspondía con su padre. Era cosciente de que su comportamiento no había sido el adecuado y debía pagar las consecuencias. El rey la miró asustado. No se creía lo que había visto.
- Lo siento padre, sé que lo que he hecho está mal – bajó la cabeza.
- Te hemos buscado por todas partes, temíamos lo peor. No queríamos alarmar a nadie, por eso no suspendimos el torneo.
- Veréis, no quiero casarme con alguien al que no amo. Ese es motivo de mi conducta, padre. Ruego que me perdonéis. No debí hacerlo pero, ¿de qué otra forma podía evadir las normas? Me casaré si eso es lo que os preocupa, pero antes, deberé haber encontrado al hombre adecuado.

A continuación, después de haberlo meditado mucho, su padre se incorporó y anunció lo inesperado - De ahora en adelante, las princesas del reino, se casarán cuando encuentren a su amado.
Danna, sorprendida por aquellas palabras, abrazó a su padre emocionada y tras unos minutos de silencio, los semblantes antes sorprendidos, se convirtieron en una luz de esperanza. Las miradas de Danna y Loretta se cruzaron y una amplia sonrisa se dibujó en sus rostros.

Lo que ella desconocía era que su valentía, marcaría un antes y un después no sólo en el futuro de las princesas, sino también en el resto de las mujeres del reino.

*..Indefinida.

Asyncronnia - Indefinida*
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Asyncronnia es, ante todo, mi sitio. Como muchos, decidí crear este blog para compartir mis escritos (algunos infumables, y otros quizás valgan la pena) y conocer a personas que también son capaces de soñar. No sé a quién me dirijo. Para mí, escribir tiene dos sencillas reglas: Tener algo que decir y decirlo.

Mi mente es complicada. Le invito a entrar en ella. Sólo espero que no muera en el intento.

Fuera de tiempo.

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Un sociólogo norteamericano dijo hace más de treinta años que la propaganda era una formidable vendedora de sueños, pero resulta que yo no quiero que me vendan sueños ajenos, si no sencillamente que se cumplan los míos.
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