Un día me levanto y me pregunto qué es lo que quiero ser. Conclusión: no lo sé. No pienso en una profesión cuando me planteo esto, ni tampoco en el futuro. Pienso en el ahora y en lo que me rodea, lo que pertenece al presente.

Menudo problema. Creo que de nuevo me encuentro en ese punto en el que las cosas no están claras. Ese punto en el que reaparece un nudo grande, uno de esos que solo con observarlo desesperan antes de empezar.
Pero, ¿quién dice que no seas capaz de desenredarlo y conseguir una cuerda extremadamente larga, por muy imposible que parezca? Cabezota por naturaleza, día tras día intento desenmarañar sus enredos, pero en ocasiones, da lo mismo de qué extremo tires, el nudo se aprieta más, lo das por perdido, y esperas a tener más paciencia al día siguiente.

Este es un día en el que me he levantado con ganas de avanzar y desbaratarlo un poco más. Me detengo unos instantes, olvidando si debo planificar o acordarme de algo, olvidando obligaciones y dejando a un lado el tiempo. Pero miento si digo que lo consigo por completo.

Soy quien creo que soy, pero en realidad no tengo la menor idea. Voy dando tumbos y siempre lo haré, pero eso no responde adónde voy.

"Yo quiero ser persona", me digo convencida. Pero, ¿qué es ser persona? De nuevo me encuentro tirando de un lado del nudo que no parece que tenga ni principio ni final y sólo puedo fruncir el ceño y cruzarme de brazos frustrada.

Llego a la conclusión de que no sabemos lo que queremos ser hasta que empezamos a serlo, y cuando por fin nos hemos convertido en eso que tanto anhelábamos, no nos damos cuenta. Qué fácil sería ser lo que sale de dentro, espontáneo y natural, sin enrevesamientos y complicaciones.


A primera vista una pintura bonita y envolvente. Los colores y el movimiento de las figuras hacen que el cuadro esté en armonía. Los personajes se encuentran en un jardín pasando una tarde aparentemente agradable.

Nada más observarlo, mis ojos se posan en la joven que se columpia. Tiene una expresión despreocupada, incluso parece sonreír. Las líneas curvas de su vestido hacen pomposa esa parte de la escena, y su movimiento de piernas deja deducir que se está divirtiendo. Me fijo después en el zapato que vuela por los aires. ¿Adónde irá a parar? Su vuelo me lleva a la figura masculina recostada bajo la dama: parece dispuesto a coger el zapato cuando caiga. Si por él fuese - pienso -, se lo quedaría y lo utilizaría como excusa para volver a verla.

Podría creerse que es el amado de la dama volatinera, pero ¿y el hombre situado detrás, que impulsa el columpio? ¿Quién es él entonces? Es sin duda el marido y también parece feliz. Feliz en su ignorancia pues está completamente cegado por la falsa bondad y fidelidad de su mujer. Ella va y viene, una y otra vez. No se cansa. Hasta las estatuas se sorprenden de la capacidad que tiene para fingir su engaño y constante juego a dos bandas.

Los ángeles, también en la penumbra se abrazan fuertemente. Uno de ellos, cierra los ojos, temiendo que el secreto se desvele en cualquier momento; el otro, por el contrario, mira asustado a un tercero, que ruega silencio, justo encima del punto de apoyo del amante.

Los detalles, en este caso, son los que permiten hacerse una idea de lo que verdaderamente ocurre. Podría haber pensado que se trata de tres hermanos, y que las estatuas son simples objetos decorativos. Que el zapato, sencillamente, vuela por el entusiasmo de la joven y que el marido se encuentra detrás, en un lugar oscuro, por la propia luz del cuadro y no por una segunda intención.

Puede ser fácil pintar una mentira y hacer que el que lo observa no se percate absolutamente de nada. Pero, ¿será igual de fácil hacerlo en la realidad?

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Asyncronnia es, ante todo, mi sitio. Como muchos, decidí crear este blog para compartir mis escritos (algunos infumables, y otros quizás valgan la pena) y conocer a personas que también son capaces de soñar. No sé a quién me dirijo. Para mí, escribir tiene dos sencillas reglas: Tener algo que decir y decirlo.

Mi mente es complicada. Le invito a entrar en ella. Sólo espero que no muera en el intento.

Fuera de tiempo.

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Un sociólogo norteamericano dijo hace más de treinta años que la propaganda era una formidable vendedora de sueños, pero resulta que yo no quiero que me vendan sueños ajenos, si no sencillamente que se cumplan los míos.
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