Estimado y desconocido destinatario:

Hoy he decidido mandar una carta a alguien que no existe. Llámeme loco. Llámeme desequilibrado. Después de que usted haya pensado que mi cerebro no funciona correctamente, le pido que asimile este hecho y se sumerja en ello de lleno. Pronto observará cómo la ignorancia y desconcierto inicial desaparece. ¿Ya acepta que esto es un sin sentido? Bien, entonces va por el buen camino y puede seguir leyendo.

Como le iba diciendo, hoy he pensado que sería una buena idea escribir una carta a alguien sin nombre, sin identidad. Escribir a la nada, usted ya me entiende. Se preguntará para qué. Lo sabrá cuando yo termine de escribir esto y cuando usted termine de leerlo. ¿Le gusta mi respuesta a su pregunta? Si no es así, no se preocupe, realmente su opinión respecto a esto no me importa. No se sienta ofendido. Sencillamente, no es algo que tenga relevancia en estos momentos, si así le gusta más la manera de expresarlo. Soy yo el que está escribiendo una carta a alguien que no existe, no usted.

Normalmente alguien que escribe algo tiene intención de contar algo, evidentemente. ¿Mi intención? Discúlpeme porque aún no lo sé. Creo que la idea principal, esa que cruzó fugaz en mi mente en un momento de lucidez, fue encontrarme a mí mismo. Ríase. Yo lo hago.

Esto, el estar escribiendo algo que no tiene ni pies ni cabeza y el andar buscándome porque no me encuentro, habitualmente suele ser absurdo. Recalcaré habitualmente. Hoy no es habitualmente. Si hoy fuese habitualmente, no estaría como estoy ahora ni usted estaría como está ahora. Pero como hoy no es habitualmente, no se agobie. Hoy no necesita cordura para actuar como suele hacer habitualmente, día tras día. Despójese de eso, por favor.

Volviendo al tema de la carta...¿Usted que escribiría en una carta? Si me lo permite, yo responderé por usted. Yo si fuese un niño como usted, haría un dibujo más que escribir algo en un papel. Por otro lado, si fuese un joven como usted, escribiría algo para desahogarme o una carta de esas de amor. Esta última ya casi no se usa, pero créame cuando le digo que el resto, usted y yo, alguna vez hemos escrito algo así. Si fuese un adulto, probablemente escribiría una reclamación a Hacienda o a alguna compañía de esas que piensan que usted es tonto. Quizás también escribiría una carta a alguien que no veo hace mucho tiempo, pero ya casi no se utiliza el correo para estas cosas. Por otro lado, si fuese alguien que carga con el peso de los años en su espalda, probablemente escribiría algo que pudiese ser útil a una generación futura, algo que dejase un recuerdo en este mundo suyo para que después de su muerte, le mantuviesen con vida al leer sus palabras. 

Pero como no soy un niño, ni un joven, ni un adulto, ni un anciano como usted, y tampoco puedo asegurar que todo lo anterior sea cierto y seguro, no sé lo que he de escribir. ¿Comprende ahora mi problema? ¿Ve cómo no estoy loco? ¿Ve cómo ahora usted tampoco sabe cómo retomar su habitual vida, en su habitual día a día, habitualmente? Perdone si toda esta carta le ha confundido. O quizás no. No me perdone, me siento a gusto confundiéndole.

No me ponga la etiqueta de persona incauta o cruel por romper sus esquemas, sé que no quiere. Mi única intención es contarle lo que me ocurre y que usted, esa ente sin nombre y sin una personalidad y cuerpo definidos, lea y escuche mentalmente lo que le cuento con estas sencillas palabras. Así podrá ayudarme.

Puesto que usted es la nada personificada (a estas alturas, no me lo niegue) y yo soy alguien muy similar a usted, no hay necesitad de intercambiar dos besos o un apretón de manos para que usted entre en mí y yo en usted. ¿Entiende? No hay normas.

Desde su posición indefinida y desde la mía, le comentaré una última cosa.

¿Dónde está usted? ¿Sabe decírmelo?

Si me lo permite, yo responderé por usted. Usted está en la nada. Suena gracioso, ¿verdad? Cree que es gracioso. Yo también lo creo. Ahora me percato de que quizás, después de haber compartido estos intensos y breves comentos dialogando con usted por medio de una carta que no es carta, deberíamos ingresar en un sitio de esos de rehabilitación.

¿Usted que cree? Por última vez, (y debería haberlo deducido ya) si me lo permite, yo responderé por usted: No estoy loco, no estoy desequilibrado. No soy un incauto o una persona cruel. Y usted tampoco.

Sencillamente soy algo que buscar ser algo más. ¿Entiende este último juego de palabras? Relea la frase otra vez y así lo comprenderá con plenitud.

Esta es la última aclaración que tenía que hacerle. Espero que algún día de esos habituales, alguien o algo (ya no sé distinguir bien) como usted y como yo, encuentre esta carta que no es carta.

Yo la encontré dentro de lo que quiera que sea eso de ahí a lo que suelo habitualmente llamar yo. Estaba escrita en una mitad de mi alma. La otra parte, donde se encuentra otra carta muy diferente a esta, la que contiene todas las respuestas seguras y ciertas que aún no sé y que nunca sabré, está perdida y escondida. Y lo estará.


Para siempre.







 -          Mamá, ¿crees que existe ese cielo del que tanto habla la gente?

-          ¿A qué te refieres, cariño?

-          Jolines mamá, no te enteras de nada. Ellos dicen que hay un cielo donde están las personas que han fallecido, pero yo no veo nada. Sólo hay nubes y parece como si con una brocha lo hubieran pintado de azul turquesa. ¿Tú ves algo, mamá?

La mujer estuvo en silencio unos minutos.

-          Claro que existe, mi amor. Ellos están en las estrellas y nos iluminan por la noche mientras dormimos, para protegernos y cuidarnos, lo que pasa que por el día los rayos del Sol las tapan.

-          Pero mamá, ¿cómo va a vivir alguien en una estrella? ¿ Y por el día no nos cuidan?

-          Cariño, te he dicho que el Sol no deja que las veamos por el día, pero que no las veamos no significa que no estén ahí.

-          Está bien, pero no has contestado a la primera pregunta, mamá.

-          Lo entenderás cuando seas mayor, hijo.




<< Mamá dice eso porque no sabe qué responder >> pensó el niño. Aparentemente quedó convencido, pero en el fondo sabía que no le había dicho toda la verdad.

 Es inútil intentar ocultar el hecho de que creemos ciertas cosas para sentirnos tranquilos. Porque en el fondo, cuando la idea contraria se cruza fugaz y vagamente por nuestra cabeza, aparece un precipicio negro y sin fin, y algo nos oprime el pecho. Porque la verdad, aunque intentemos evitarla, duele.




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Asyncronnia es, ante todo, mi sitio. Como muchos, decidí crear este blog para compartir mis escritos (algunos infumables, y otros quizás valgan la pena) y conocer a personas que también son capaces de soñar. No sé a quién me dirijo. Para mí, escribir tiene dos sencillas reglas: Tener algo que decir y decirlo.

Mi mente es complicada. Le invito a entrar en ella. Sólo espero que no muera en el intento.

Fuera de tiempo.

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Un sociólogo norteamericano dijo hace más de treinta años que la propaganda era una formidable vendedora de sueños, pero resulta que yo no quiero que me vendan sueños ajenos, si no sencillamente que se cumplan los míos.
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