Admiro la capacidad que tienen algunos seres humanos para dedicar su vida a intentar llenar los huecos que esta misma ha provocado en la persona en concreto. Estos seres humanos buscan una receta para hacer desaparecer los golpes que nos hacen débiles y fuertes a la vez, buscan una receta para hacer desaparecer las puñaladas que recibimos por la espalda a medida que crecemos.

Ellos se empeñan en encontrar una solución a su imperfección emocional; a su permanente inmersión en la tristeza, la impotencia y la rabia. 

Lamentablemente, esa receta no existe, y aunque realmente no se llegue a ninguna parte, puedes llegar a encontrarte a ti mismo, se obtiene bienestar personal, distracción y aunque sea falsa, también esperanza.

Los agujeros negros que portamos son el resultado de todo aquello que en su día nos dolió, nos provocó una extraña sensación de soledad y ganas de llorar; lo que en su día nos produjo un incómodo nudo en la garganta y un cambio de perspectiva respecto a la vida. Llega un punto en el cual, estos pozos sin fondo se apoderan de nuestra ingenuidad y a cambio nos dan prudencia. Un negocio, a mi parecer, bastante sucio.

La cuestión es asumir que esos vacíos van a estar siempre en nosotros. La cuestión es aprender a vivir con ellos, a aceptar que poseemos heridas que nunca llegarán a cerrarse (unas son superficiales, otras sin embargo son muy profundas). Comprender que la vida es pisar sobre arenas movedizas en las que te puedes hundir. No es que me guste tener lagunas que me recuerden lo que es la tristeza, pero me ayudan a no olvidar lo que es la felicidad cuando la encuentro.

Los agujeros negros si se suman son muchos, demasiados. Pero si sumamos cada momento de alegría, por insignificante que sea, conseguimos doblar a los primeros. Es cuestión de valorar las cosas pequeñas que nos hacen grandes día a día. 


    Ayer conocí  a un hombre que no me dejó indiferente. Él me contó que conocía a todas las personas del mundo. Yo evidentemente no le creí.  ¿Quién puede conocer a todos los seres humanos que habitan el planeta? Hay pocas cosas imposibles, pero yo estaba segura de que, esa particularmente, era una de ellas.

    Le pregunté si había algún truco en eso que me confesaba y me respondió con un sencillo movimiento de cabeza a los lados. También me dijo que normalmente no caía muy bien, que todos respondían de la misma manera ante él: se sentían terriblemente mal; impotentes, rotos y vacíos. Y yo, cada vez más confusa, me planteaba qué tipo de cosas hacía aquel hombre para que la gente se pusiese como se ponía.

    Sentí miedo. Pero no era un miedo por aquello de: "no hables con desconocidos y más si dicen cosas sin sentido". Tenía la sensación de conocer a ese hombre de antes, me sonaba su cara, su manera de hablar. Parecía como si, después de todas las malas experiencias que había tenido con las personas a las que había conocido, se hubiese resignado y hubiese aceptado que no podía cambiar su manera de ser y de actuar por mucho que lo intentase.

    Me advirtió que era peligroso, que no debía acercarme a él porque entonces yo también acabaría con heridas como el resto. Sin embargo, también me advirtió que era algo inevitable. Una contradicción que para mi asombro, entendí demasiado bien. 

    Me desveló otro secreto más: tenía asumido que siempre nacería y moriría en la completa soledad.  Un secreto que yo ya sabía, por lo que volví al primer enigma: ¿Cómo era materialmente posible que conociese a todo el mundo? Y en el hipotético caso de que así fuese, ¿quién era este hombre que podía realizar aquello?

    Hay algo que por lo visto, todos habían olvidado preguntarle menos yo. Algo tan obvio y tan simple, que cuando obtuve su respuesta a mi pregunta, todo cobró sentido:



-        - ¿Cómo te llamas?
-        - Me llamo Dolor.
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Asyncronnia es, ante todo, mi sitio. Como muchos, decidí crear este blog para compartir mis escritos (algunos infumables, y otros quizás valgan la pena) y conocer a personas que también son capaces de soñar. No sé a quién me dirijo. Para mí, escribir tiene dos sencillas reglas: Tener algo que decir y decirlo.

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Un sociólogo norteamericano dijo hace más de treinta años que la propaganda era una formidable vendedora de sueños, pero resulta que yo no quiero que me vendan sueños ajenos, si no sencillamente que se cumplan los míos.
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